Desde la Capellanía

Por: Padre Eleazar Uribe Moreno, Capellán del Colegio de la Santísima Trinidad



La vida del Colegio se pasa entre la cotidianidad de la vida y la compañía de Dios.  En la primera, muchas anécdotas, recuerdos, experiencias, personajes, que se compilan en la mente de sus estudiantes y de sus egresados.  Desde hace ya varios años, la Arquidiócesis ha venido acompañando, a través de capellanes, la segunda.  La misa será siempre la tarea ineludible de estos sacerdotes, y de seguro es lo que más se recuerda.  En estos últimos meses, el Colegio me ha recibido con brazos abiertos, para continuar con las huellas trazadas por los clérigos que, en su paso por el colegio, adoptaron el alma de Francisco de Asís, como es inevitable, marcando para siempre su vida y ministerio.


El maestro de la humildad, de la fraternidad y del amor a Dios y a los “hermanos”, Francisco, nos comparte los sentimientos que emanan de su corazón, para ser vividos en todos los rincones de nuestro Colegio: Su espíritu se dispersa desde la vida de las religiosas que durante ya varias décadas han pasado por la vida del colegio y de sus estudiantes.  Los docentes, en su mayoría jóvenes que compartieron una misma época de crianza, comparten su amistad y alegría con los educandos.  En este, nuestro entorno fraterno, Dios hace presencia y se inserta con el apellido “franciscano” en cada uno.  Un corazón grande, debe compartirse.  El corazón de Francisco, debe vivirse y compartirse.
Volvamos a la Misa.  Los días pasan como en todos los colegios: entre el timbre, las loncheras, los recreos, las clases y los actos culturales; sin embargo, nuestro colegio tiene algo aún más especial.  Todos los días, en esa cotidianidad, y a veces un poco antes que lleguen el padre y el músico, están los niños y jóvenes, esperando la Misa; en medio del sueño, o de los nervios porque deben leer o pasar las ofrendas.  La Misa, como lo decía San Francisco: el Pan de los Ángeles dado a nosotros, ha tomado forma en la vida del Colegio.  Vamos aprendiendo las respuestas, las canciones, las posiciones corporales, pero, sobre todo, poco a poco aprendemos a aquietar el alma y el corazón, y prepararlos para recibir al Señor.  La celebración termina con una sonrisa: de algunos, porque ya se acabó, otros, apenas si se quitan la pereza estirando su cuerpo, otros, descansados, porque leyeron bien, pero todos, con la alegría de lo que ha contagiado su corazón, que es la amistad en Dios, y entre todos los que hemos participado en ella.  Vamos descubriendo el verdadero sentido de la amistad en Dios: En esto se basaba la santidad de Francisco, nuestro hermano.





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