¡Vuelve la historia a los colegios!





El presidente sancionó la ley que convierte en obligatoria esta materia para todos los colegios del país. La decisión era una deuda pendiente de la educación en Colombia.

En 1994 el gobierno de César Gaviria tomó una decisión polémica: eliminó la cátedra de Historia del plan de estudios de los colegios y la fusionó con la de Ciencias Sociales. Desde entonces, los jóvenes colombianos no ven ni en primaria ni en bachillerato una materia dedicada exclusivamente a aprender los procesos históricos por los que han pasado el país y el mundo. En cambio, estudian una llamada Sociales que, durante los 11 años que dura el colegio, mezcla temas de geografía, democracia, Constitución Política e historia.
La medida, criticada por educadores e historiadores, generó un debate y un enorme malestar que acaba de terminar. Esta semana, el presidente Juan Manuel Santos sancionó una ley que obliga a todos los colegios del país a incluir en su plan curricular la “educación en Historia de Colombia como una disciplina integrada en los lineamientos de las ciencias sociales”. La norma aclara que esta disposición no puede afectar la intensidad horaria en áreas de Matemáticas, Ciencia y Lenguaje.
La ley fue impulsada por la senadora Viviane Morales quien asegura que "los niños y jóvenes deben comenzar a estudiar a través de la historia hechos que hacen parte de la democracia y de cada una de las etapas que le han permitido a Colombia, llegar a ser considerada una de las democracias más antiguas de América Latina".
El debate alrededor de ese tema tiene a muchos preguntándose qué tipo de historia de Colombia está contando la academia, y qué tanto sus libros e investigaciones les están llegando a los colombianos de a pie, que no tienen conocimientos especializados ni pertenecen a un nicho científico.
Para analizar el tema hay que entender que los especialistas de hoy escriben una historia muy distinta a la de hace varias décadas. De hecho, el primer gran manual de historia colombiana data de la primera década del siglo XX, de la pluma de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, y fue adoptado como texto oficial de enseñanza desde 1910, justo al celebrarse el centenario del grito de Independencia. Sus autores eran dos abogados, historiadores aficionados, que veían con preocupación la realidad del país de entonces, que aún sentía las secuelas de la guerra de los Mil Días, la pérdida de Panamá y la crisis económica.
Su texto exaltaba el patriotismo e intentaba crear una identidad nacional. Y aunque era un libro completo, bien investigado, lleno de fechas y datos históricos –que incluso hoy se sigue consultando–, las nuevas generaciones de historiadores lo cuestionan mucho. Para Javier Guerrero, director del doctorado de Historia en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, “estaba lleno de fechas, próceres, héroes, batallas y periodos presidenciales. Muy apologético, poco crítico, escrito desde arriba (desde las elites), enfocado en la población blanca del centro del país y poco representativo de la totalidad de Colombia”.
Eso cambió hacia los años sesenta, cuando nacieron los primeros programas académicos en las universidades. Los historiadores de esa nueva generación (más profesionales) comenzaron a escribir también sobre los procesos económicos y sociales, los grupos humanos y las poblaciones antes olvidadas, como los indígenas, los afrocolombianos, los campesinos y quienes vivían en las provincias. Como cuenta Álvaro Tirado Mejía, integrante de ese grupo, “se abrió el panorama. Además de los personajes, las fechas y los héroes, había una visión acerca de la sociedad, la economía y las costumbres”. Académicos como Jaime Jaramillo Uribe, Bernardo Tovar, Jorge Orlando Melo y el propio Tirado Mejía publicaron sus libros con esta nueva visión y, entre todos, sacaron una serie de nueve tomos a los que llamaron Nueva historia de Colombia (1989).
Y aunque la eliminación de la cátedra de Historia llevó a que ese tipo de publicaciones generales se estancaran un poco, una mirada a las novedades editoriales y a los libros publicados durante los últimos años, deja ver que hoy aparentemente hay un buen momento para la disciplina. No solo por el auge de las novelas históricas, que mezclan hechos del pasado con ficción literaria, sino también por los libros de historia pura.
Actualmente, por ejemplo, en las librerías se consiguen, entre otros, una biografía de María Cano, la líder sindical de los años veinte, escrita por Beatriz Robledo, y la tercera edición de un compendio de ensayos de varios autores llamado Historia de Colombia: todo lo que hay que saber, que analiza los hechos del país desde la época precolombina hasta hoy. Además, en librerías especializadas, como la Lerner, la historia es la tercera línea temática más vendida, luego de la literatura y la literatura infantil.
Eso, junto con los libros de Diana Uribe, la historia del mundo que escribió Daniel Samper Pizano o el libro digital sobre la historia del país que Antonio Caballero está publicando por partes, hace pensar que el público de hoy está ávido del tema.
Pero ello no es tan cierto. Aunque el mercado de los libros de historia sí ha crecido en comparación con lo que había hace unas tres décadas y hoy es más fácil que un autor publique un texto sobre el tema en una editorial grande, los tirajes siguen siendo pequeños (entre 1.000 y 3.000 ejemplares en los mejores casos) y los lectores no dejan de ser los del mismo nicho académico, que tal vez ha crecido por el aumento de pregrados, maestrías y doctorados en historia.
Un problema de fondo es que los historiadores no saben divulgar sus trabajos al público no especializado. Por supuesto que hay experiencias exitosas, como la de Diana Uribe en Colombia, pero muchos creen que no es suficiente y faltan trabajos más rigurosos y con más contexto que también se popularicen. En el mundo ya ha pasado. Según Alba Inés Arias, de la Librería Lerner, hay historiadores internacionales que hoy narran sus libros con una prosa amena, que atrae a los lectores.
En Colombia hay material, pues las universidades se siguieron profesionalizando y la investigación en historia actual es más completa que antes. Pero gran parte de estos trabajos se quedan en los anaqueles o se van a revistas indexadas y publicaciones científicas.
Ahora los historiadores se están enfocando en temas específicos. “Hay un interés por el sujeto y el individuo –cuenta Pablo Rodríguez Jiménez, profesor de historia en la Universidad Nacional–. Ya no en los héroes patrios como seres de monumento, ni solo en los grupos sociales y en los procesos, sino en los individuos de carne y hueso que vivieron esos tiempos”. Por eso ahora hay investigaciones acerca de historias muy locales: las comunidades, los barrios, las ciudades, las mujeres, los jóvenes, la sexualidad, el medioambiente, los movimientos sociales, etcétera.
Y aunque para muchos esa es una buena noticia porque permite diversificar el campo de estudios, otros creen que hay un exceso que ha llevado a perder el objetivo principal. “Estamos llegando a la microhistoria: unas historias demasiado particulares que pierden la perspectiva general”, cuenta Tirado Mejía. Con él coinciden otros historiadores, que piensan que hoy pocos se ocupan de contar una historia general, que explique los grandes procesos del pasado para entender el presente y planear el futuro.
La oportunidad se presenta ahora, cuando la cátedra de Historia vuelve a los colegios como una materia independiente. La idea es no repetir la fórmula fracasada de dictar una clase llena de datos y fechas en orden cronológico, sino bajar el conocimiento que los historiadores han dejado en los estantes a lo largo de todos estos años. Como explica Pablo Rodríguez, “nuestro trabajo puede llegar a tener significado si logramos que la gente se interrogue sobre qué país y qué sociedad somos, de dónde venimos y qué derroteros hemos recorrido, en los más amplios sentidos, para llegar a ser esta compleja nación llamada Colombia”.
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