¿Cómo podemos entender la resurrección? Por JOSEPH RATZINGER / BENEDICTO XVI


El Papa sostiene que sólo si Jesús ha resucitado, ha sucedido algo verdaderamente nuevo.
Cuando alcanzó el papado, Benedicto XVI ya era un notable pensador de la Iglesia. En 'Jesús de Nazareth', libro del cual Planeta lanza su segunda parte en español, el pontífice exhibe toda su capacidad de análisis para explicar lo que dice la 'Biblia' acerca de Cristo. Fragmento del capítulo 9.

'La resurrección de Jesús de entre los muertos'

"Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque, en nuestro testimonio le atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo". San Pablo resalta con estas palabras de manera tajante la importancia que tiene la fe en la resurrección de Jesucristo para el mensaje cristiano en su conjunto: es un fundamento. La fe cristiana se mantiene o se cae con la verdad del testimonio de que Cristo ha resucitado de entre los muertos.


Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre y su deber ser -una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta. En este caso, Jesús es una personalidad religiosa fallida; una personalidad que, a pesar de su fracaso, sigue siendo grande y puede dar lugar a nuestra reflexión, pero permanece en una dimensión puramente humana, y su autoridad sólo es válida en la medida en que su mensaje nos convence. Ya no es el criterio de medida; el criterio es entonces únicamente nuestra valoración personal que elige de su patrimonio particular aquello que le parece útil. Y eso significa que estamos abandonados a nosotros mismos.

La última instancia es nuestra valoración personal. Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo, que cambia al mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente.

Por esta razón, en nuestra investigación sobre la figura de Jesús la resurrección es el punto decisivo. Que Jesús sólo haya existido o que, en cambio, exista también ahora depende de la resurrección. En el "sí" o el "no" a esta cuestión no está en juego un acontecimiento más entre otros, sino la figura de Jesús como tal.

Por tanto, es necesario escuchar con una atención particular el testimonio de la resurrección que nos ofrece el Nuevo Testamento. Pero, para ello, antes que nada, debemos ciertamente dejar constancia de que este testimonio, considerado desde el punto de vista histórico, se nos presenta de una manera particularmente compleja, suscitando muchos interrogantes.


Un romper de cadenas

¿Qué pasó allí? Para los testigos que habían encontrado al Resucitado, esto no era ciertamente nada fácil de expresar. Se encontraron ante un fenómeno totalmente nuevo para ellos, pues superaba el horizonte de su propia experiencia. Por más que la realidad de lo acontecido se les presentara de manera tan abrumadora que los llevara a dar testimonio de ella, ésta seguía siendo del todo inusual.

San Marcos nos dice que los discípulos, cuando bajaban del monte de la Transfiguración, reflexionaban preocupados sobre aquellas palabras de Jesús, según las cuales el Hijo del hombre resucitaría "de entre los muertos". Y se preguntaban entre ellos lo que querría decir aquello de "resucita de entre los muertos". Y, de hecho, ¿en qué consiste eso? Los discípulos no lo sabían y debían aprenderlo sólo por el encuentro con la realidad.

Quien se acerca a los relatos de la resurrección con la idea de saber lo que es resucitar de entre los muertos, sin duda interpretará mal estas narraciones, terminando luego por descartarlas como insensatas.
 
Rudolf Butltmann ha objetado a la fe en resurrección que, aunque Jesús hubiera salido de la tumba, se debería decir no obstante que "un acontecimiento milagroso de esta naturaleza, como es la reanimación de un muerto" no nos ayudaría para nada y, desde el punto de vista existencial, sería irrelevante.

Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto redivivo, no tendría para nosotros, en última instancia, interés alguno. No tendría más importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto.
 
Para el mundo en su conjunto, y para nuestra existencia, nada hubiera cambiado. El milagro de un cadáver reanimado significaría que la resurrección de Jesús fue igual que la resurrección del joven Naín, de la hija de Jairo o de Lázaro. De hecho, éstos volvieron a la vida anterior durante cierto tiempo para, llegado el momento, antes o después, morir definitivamente.

Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la "resurrección del Hijo del hombre" ha ocurrido algo completamente diferente. 

La resurrección de Jesús ha consistido en un romper de cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre.
 
Por eso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado, que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente al pasado, sino que es una especie de "mutación decisiva" (por usar analógicamente esta palabra, aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad.

El testimonio

Pero ¿puede haber sido realmente así? ¿Podemos -especialmente en cuanto personas modernas- dar crédito a testimonios como estos? El pensamiento "ilustrado" dice que no. Para Gerd Lüdemann, por ejemplo, es evidente que después del "cambio de la imagen científica del mundo... las ideas tradicionales sobre la resurrección de Jesús" han de "considerarse obsoletas" (citado según Wilckens). Ahora bien, ¿qué significa propiamente "la imagen científica del mundo"? ¿Hasta dónde alcanza su normatividad? Hartmut Gese, en su importante contribución Die Frage des Weltbildes, al que quisiera remitirme aquí, describe con precisión los límites de dicha normatividad. 

Naturalmente no puede haber contradicción alguna con lo que constituye un claro dato científico. Ciertamente, en los testimonios sobre la resurrección se habla de algo que no figura en el mundo de nuestra experiencia. Se habla de algo nuevo, de algo único hasta ese momento; se habla de una dimensión nueva de la realidad que se manifiesta entonces. No se niega la realidad existente. Se nos dice más bien que hay otra dimensión más de las que conocemos hasta ahora.
 
Esto, ¿está quizás en contraste con la ciencia? ¿Puede darse sólo aquello que siempre ha existido? ¿No puede darse algo inesperado, inimaginable, algo nuevo? 

Si Dios existe, ¿no puede acaso crear también una nueva dimensión de la realidad humana, de la realidad en general? La creación, en el fondo, ¿no está en espera de esta última y suprema "mutación", de este salto cualitativo definitivo? ¿Acaso no espera la unificación de lo finito con lo infinito, la unificación entre el hombre y Dios, la superación de la muerte?

El grano de mostaza

En la historia de todo lo que tiene vida, los comienzos de las novedades son pequeños, casi invisibles; pueden pasar inadvertidos. El Señor mismo dijo que el "Reino de los cielos" en este mundo es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas. Pero lleva en sí la potencialidad infinita de Dios.
 
Desde el punto de vista de la historia del mundo, la resurrección de Jesús es poco llamativa, es la semilla más pequeña de la historia.
Esta inversión de las proporciones es uno de los misterios de Dios. A fin de cuentas, lo grande, lo poderoso, es lo pequeña. Y la semilla pequeña es lo verdaderamente grande.

Así es como la resurrección ha entrado en el mundo: sólo a través de algunas apariciones misteriosas a unos elegidos. Y, sin embargo, fue el comienzo realmente nuevo; aquello que, en secreto, todo estaba esperando. Y para los pocos testigos -precisamente porque ellos mismos no lograban hacerse una idea- era un acontecimiento tan impresionante y real, y se manifestaba con tanta fuerza ante ellos, que desvanecía cualquier duda, llevándolos al fin, con un valor absolutamente nuevo, a presentarse ante el mundo para dar testimonio: Cristo ha resucitado verdaderamente.

JOSEPH RATZINGER
BENEDICTO XVI

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