El matrimonio y la familia normal Por Martha Judith Gallo - Psicóloga


Pedro Trevijano
Fuente: Religión en Libertad


El amor debe encontrarse en los orígenes del matrimonio, dando sentido y protegiendo la libre elección de los que van a casarse.

Ante la invasión de nuevas formas de concebir la convivencia humana, y el hecho que algunos, como los defensores de la ideología de género, consideren que cualquier tipo de convivencia vale, menos precisamente el matrimonio y la familia, creo que es interesante que nos planteemos qué es un matrimonio y una familia normal.

El matrimonio está constituido por la unión de un varón y de una mujer, que constituyen una comunidad de vida, con objeto de procurarse ayuda mutua y contribuir al mantenimiento de la especie humana. La unidad matrimonial de los esposos con sus derechos y obligaciones conlleva una tarea común, que se inicia desde el momento mismo de contraer matrimonio y que se va realizando en las cosas de cada día. Supone una convivencia estable, una residencia compartida, un reparto del trabajo y de los roles, relaciones sexuales abiertas a la procreación, ayuda mutua y educación de los hijos. La convivencia matrimonial hay que trabajarla día a día, momento a momento, lo que lleva consigo un trato que se sensibiliza y expresa en las palabras, obras y gestos adecuados. El amor conyugal, por su exigencia y estructura íntima, no es sólo sentimiento; es esencialmente aprecio, estima y consideración mutua, pero sobre todo un compromiso con el otro, compromiso que se asume con un acto preciso de la voluntad que tiende a la donación total, exclusiva y perenne de sí mismo al otro cónyuge y se traduce en el consentimiento personal irrevocable con el que se establece la íntima comunidad de vida y amor propia del matrimonio.

Nacemos y crecemos ordinariamente en el seno de una familia. Defendamos y sigamos hablando de familia normal, aunque y porque sus adversarios quieren que digamos familia tradicional. Ya los romanos decían “questio de nomine, questio de re”, es decir la cuestión sobre el nombre, es ya cuestión sobre el fondo del asunto, y renunciando a llamarla familia normal, estamos poniendo a las demás formas de convivencia al nivel y altura de la familia normal, cuando no es así. La familia normal, la más íntima y profunda sociedad natural, es el lugar donde se recibe el don de la vida y donde uno es querido simplemente por ser miembro de ella. Vivimos con nuestros padres, hermanos y, tal vez, algún otro familiar. Los lazos familiares constituyen el pacto más resistente de apoyo mutuo y de protección que existe entre un grupo de personas. La familia se basa en que un hombre y una mujer se quieren y se entregan mutuamente en un amor fecundo que se abre a los hijos creando vínculos de afecto y solidaridad que duran toda la vida. Es decir la familia se sustenta en el matrimonio estable, y sin él se resiente y se debilita.

El amor debe encontrarse en los orígenes del matrimonio, dando sentido y protegiendo la libre elección de los que van a casarse, elección que empeña su persona y destino. El amor conyugal nace del enamoramiento y se prolonga en la convivencia familiar. La familia es el lugar idóneo para que niños, chicos y jóvenes de ambos sexos, puedan desarrollarse como personas. Es, además el lugar ideal para la transmisión de valores entre las diversas generaciones. La familia es un patrimonio de la humanidad, la célula fundamental y básica de la sociedad, un modelo para todas las demás formas de convivencia humana, y una institución natural anterior a cualquier otra, incluida la del Estado. Por ello es el núcleo central de la sociedad civil. Ninguna otra institución social resuelve mejor que la familia muchos de nuestros mayores problemas, como cuáles han de ser nuestros comportamientos básicos, ni se basa en algo tan permanente como la gestación, crianza y educación de los hijos. La convivencia exige una adaptación continua con los demás; es cuestión de tolerancia y flexibilidad, por lo que se requiere también una educación en valores. Y el primer valor es la superación del egoísmo. Como estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, o amamos a los demás y somos generosos, o lo tenemos claro, o, mejor dicho, muy oscuro.


Por ello la familia normal es el futuro de la humanidad, puesto que en ella se concentran los principales valores de la persona humana y de la propia sociedad. En la familia encontramos el soporte afectivo y la estabilidad emocional que necesitamos en orden a nuestra realización personal. Por supuesto que vivir el amor es bastante más que hacer el amor, aunque la sexualidad en el ámbito matrimonial sea el lenguaje privilegiado del amor. El hogar no debe ser una suma de soledades propias de una pensión u hotel donde los que viven bajo el mismo techo cohabitan pero no conviven, sino que es el lugar donde los miembros de la familia comparten lo que son y lo que tienen, llegando así la familia a ser algo más y distinto de la suma de los individuos que la componen.


Resulta curioso que unas realidades tan antiguas, naturales y universales como son el matrimonio y la familia estén tan permanentemente cuestionadas. La familia como institución se basa en la naturaleza humana, que es en sí sociable, y por ello la sociedad debe prestarle atención, respeto y ayuda, tanto más cuanto que ningún tipo de sociedad puede sobrevivir mucho tiempo a la destrucción de la institución familiar, una de sus estructuras básicas. La familia y el ideal familiar necesitan apoyos constantes, lo que supone defender sus derechos, impulsando su función social y el protagonismo que le corresponde en la vida. Pero aún así es la institución más sólida y valorada en un plano puramente humano, y si la vemos con la luz de la fe cristiana recordando que existe la Providencia divina y que el matrimonio y la familia son instituciones de origen divino y no productos de la voluntad humana, y además están bendecidas con un sacramento, es decir son lugares privilegiados para el encuentro con Dios, tenemos aún mayores motivos de optimismo.

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