Tierra, ¡pobre tesoro!

Por Nayibe Silva Román

Hablar de la tierra y de sus bondades no es más que repetir una gran cantidad de frases que en este punto de nuestras vidas nos resultan tan comunes, que fácilmente terminamos por acostumbrarnos a ellas y llegan a convertirse en dichos de poco interés, a los cuales les negamos la importancia que merecen. 

También el hecho de disfrutar en la actualidad de tan gratos beneficios nos hace ciegos ante las terribles problemáticas que hoy acarrea nuestro gran tesoro, que creemos inagotable, infinito, eterno: la tierra. Pero que a diferencia de lo que pensamos es el más perjudicado de todo este caos. Lo paradójico del asunto es que precisamente su principal destructor sea el ser más beneficiado de la naturaleza, el hombre.
Se ha hablado en reiteradas ocasiones sobre los inconvenientes que trae para el planeta la pérdida de los árboles, que son los pulmones del mundo; no obstante,  nos complacemos en la tala indiscriminada de estos. No me refiero sólo a los operarios de máquinas que cumplen las órdenes de sus patrones, ni tampoco a estos últimos por supuesto, que utilizan la madera para la construcción de casas, muebles o para generar carbón vegetal. Menciono también a aquellos que sin necesidad exigen que se exterminen cientos de árboles haciendo uso desmedido e injustificado de papel. Lo más terrible es que no nos detenemos a pensar que los seres que habitan en esos bosques se ven obligados a desplazarse y vivir en condiciones lamentables, junto con otros depredadores, alterando el desarrollo normal del ecosistema.            
Sin embargo, con esto no quiero decir que los taladores de árboles y los usuarios de estos productos sean los únicos responsables del deterioro del planeta, para no ir tan lejos, basta con mirar a nuestro alrededor: en las casas vecinas, en los colegios, en las grandes empresas, en las calles de barrios aledaños o en el nuestro. Es inconcebible la cantidad de agua desperdiciada, cuando nos bañamos; al lavar las manos, el carro o la mascota; cuando vemos las fugas que salen como lágrimas de los contadores de las casas o por las calles. No contentos con esto, nos gloriamos en contaminar con total libertad aquel tesoro, recurso natural que nos mantiene vivos y que aún contemplamos como  renovable, pese a los anuncios diarios que vemos en los medios. Bolsas, empaques y botellas plásticas, vidrios y otros desechos nadan sin cesar por ríos, lagos, lagunas y mares; pero el único creador de esta basura es el hombre.

Además, no nos basta con intoxicar y acabar los elementos físicos del medio, tenemos que hacer nuestra labor completa: ¡Dañarlo todo! Entonces sigamos con el aire. Si bien las grandes industrias desde siempre han expulsado enormes cantidades de gas carbónico, los pequeños consumidores no se quedan atrás, los vehículos viejos (carros, buses, motos)  cuyos motores dejan a su paso un negro panorama y, entre otros tantos, los fumadores que en medio de todo terminan por perjudicar a los inocentes más cercanos.

Ahora bien, falta mencionar el ataque directo a la Madre Tierra, revisemos por ejemplo hasta dónde se ha llegado en la búsqueda de oro negro, o qué mecanismos se han utilizado en la explotación minera. En otras palabras sobran los ejemplos para explicar cómo ha llegado a convertirse el hombre en el más cruel saqueador de este tesoro sagrado que cada día llora y se desangra más y que poco a poco muere junto con sus hijos – animales en vía de extinción, ríos secos o contaminados, aire irrespirable, fin del silencio, montañas y valles inhóspitos – pero este dolor aún no parece ser suficiente para el hombre, pues cada día nos empeñamos más en olvidar las recomendaciones de cuidar el medio que nos rodea.






Es curioso que el pasado mes se celebró el día de la tierra y dentro de las festividades no se incluyeron sembrados masivos de árboles; limpieza global  de ríos, mares, lagos;  actividades de reciclaje. Después de esto vale reconsiderar si en verdad comprendemos que la tierra es un tesoro o si ser tan grandiosa es su peor castigo en la medida en que la creemos perpetua.  Quizá no vemos la gravedad del asunto, pero si acabamos con los recursos que el planeta nos ofrece para nuestro bienestar ¿cómo viviremos? Ya es tiempo de reconocer que a medida que construimos, destruimos. Finalmente, la invitación  es a valorar lo que nos proporciona la naturaleza, puesto que si no tomamos conciencia de la magnitud del asunto, los directos perjudicados con el daño de nuestro entorno seremos nosotros.

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